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    5月31日

    AMantis

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    Nacida en T'bilisi, capital de Georgia, Katrinka Tzehna era hija única del propietario del cien por ciento de las acciones de la corporación que monopolizó la industria petrolera de esa nación. A los once años, Katrinka experimentó la orfandad cuando un grupo de rebeldes armados colocó una bomba bajo el automóvil en el que se dirigían sus padres a la cena que ofrecía el presidente de Georgia, en honor a la visita del presidente de los Estados Unidos de América.

    Desde entonces, la herencia de Katrinka había sido administrada por los asesores del corporativo, y ella enviada a estudiar a Londres, donde se inscribió además, a cursos de todos los idiomas importantes de occidente y de Asia. Al concluir la escuela, eligió la Universidad Carolina de Praga, y estudió la licenciatura de administración y finanzas, y la de comercio exterior, simultáneamente. A sus veintiún años, se graduó y viajó a T'bilisi, e hizo una revisión exhaustiva del estado financiero de su empresa descubriendo malversaciones y desvíos de los flujos económicos. Usó su poder para encarcelar rápidamente a los culpables durante muchos años. Hizo limpieza en el personal administrativo y ocupó los puestos con sus compañeros sobresalientes de confianza de la universidad. De esta forma inyectó sangre nueva al corporativo, además de tener la seguridad parcial de emplear a profesionales aún no corrompidos.

    Cuando las aguas volvieron a su cauce, Katrinka decidió su futuro y el de Tzehna Corp. a la vez. Viviría viajando por el mundo en busca de nuevos y mejores compradores de petróleo, al mismo tiempo que identificaría giros nuevos en los cuales invertir algunos millones de dólares. Todo esto mientras controlaba los detalles de su petrolera vía satélite, sin dejar de hacer visitas sorpresivas esporádicas, para hacer balances financieros personalmente. En secreto, era apodada por sus subalternos como el Mazo Aterciopelado. Su profunda belleza y sobre todo sus modos elegantes no impedían que destrozara egos, carreras o vidas enteras si así era necesario, aunque nunca perdiendo los modales. El paradójico mote, de haber llegado a sus oídos, le habría parecido más bien un cumplido.

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    La luz del sol comenzaba a colarse entre las cortinas. Katrinka abrió lentamente los ojos y comenzó a sentir la lisa y fresca textura de sus sábanas de seda blanca; segundos después percibió una fragancia que de momento no pudo identificar, y luego entendió que eran restos de Perry For Him que se había impregnado en ella por contacto en la noche anterior.

    Un sueño agitado había provocado que su pulcro lecho pareciera un campo de batalla. Sin embargo, ese sueño no había sido una pesadilla, al menos no para ella. Permaneció con la vista fija en el techo por varios minutos, hasta que al fin parpadeó y una sonrisa que pareció arrogante se dibujó en su rostro. Entonces supo que tendría un día ajetreado.

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    El cielo de Buenos Aires se enrojecía lentamente, como si el día se desangrara a manos de la noche. Cientos de burbujas revoloteaban dibujando el contorno de su cuerpo dentro del jacuzzi. La esencia de melocotón vertida en el agua permeaba todos los rincones del refinado cuarto de baño diseñado y amueblado por Trentino. Un vapor denso disminuía la tenue luz de la habitación que no extrañaba nada de un exclusivo spa en plena forma. Katrinka bebía a sorbos pequeños una copa de Becherovka mientras disfrutaba de su largo baño. Pensaba que un lujo deja de serlo cuando extingue una necesidad, o cuando satisface un placer oculto pero verdadero. No diferenciaba un artículo entre barato y costoso, si no en útil e inútil. Culpaba de vulgar un lujo aunque fuese delicadamente sutil como alegoría de prosperidad.

    Katrinka apareció entre nubes de vapor denso que escababan por la puerta. Vestía una bata color marfil que tenía poca intención de cubrir su húmedo cuerpo, sus pies iban descalzos y a ellos llegaban una a una gotas de agua que brillaban con particularidad, como si manifestaran la gloria de haber recorrido partes inconfesables de su anatomía. Con la vista buscó un control remoto, y al encontrarlo presionó una combinación de botones; tres segundos más tarde En la ciudad de la Furia en versión acústica, comenzó a sonar entre las paredes.

    Disfrutaba de los sicodélicos sonidos inciales mientras humectaba su piel con una crema aromatizada a té verde [Me verás volar por la ciudad de la furia]. Entró a su guardarropa a paso lento, [nada cambiará con un aviso de curvas], que era una habitación de proporciones considerables, con una alfombra color avena. [En sus caras veo el temor, ya no hay fábulas...] Se sentó en un pequeño taburete de piel que estaba justo en el centro, [me verás caer como un ave de presa] y repasaba con la vista a sus trecientos sesenta grados todas las vestimentas que estaban disponibles, [me desnudaré por las calles azules] como si tuviera alguna duda de lo que debía vestir esa noche, [me refugiaré antes que todos despierten] pero simplemente quería disfrutar el placer de regocijar sus ojos. [Me dejarás dormir al amanecer entre tus piernas]. Cada prenda le traía un profundo recuerdo... o una fantasía [sabrás ocultarte bien y desaparecer entre la niebla].

    Seleccionó un traje blanco que se adhería perfectamente a su cuerpo. [Un hombre alado, extraña la tierra]. El brillante vinil que lo cubría reflejaba sinuosamente la apropiada iluminación de la habitación.

    [Con la luz del sol se derriten mis alas
    solo encuentro en la obscuridad lo que me une
    con la Ciudad de la Furia
    Me verás caer como una flecha salvaje
    me verás caer entre vuelos fugaces
    Buenos Aires se ve tan susceptible
    ese destino de furia es lo que sus caras persisten]

    Momentos después, salió de la habitación con su largo cabello negro suelto, que contrastaba bellamente con su piel y su atuendo, incluyendo sus botas blancas, manufacturadas por un talabartero local, con piel de carpincho. Su cuello y sus muñecas dejaban una fragancia estelar de Curve de Liz Clairbone a su paso.

    Se posó en la puerta principal de su residencia, dio unos pasos hacia la terraza, y se montó en una brillante motocicleta Ducati 996R, rojo sangre, rediseñada y ensamblada a mano exclusivamente para ella, luego que dejaran de fabricarse en el dos mil tres. El sonoro rugido de la motocicleta perdiéndose en el camino rodeado de árboles, no sería la exclamación más atroz que escucharía la noche.

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    A sus treinta y dos años, Katrinka tenía en su vida una medianamente numerosa lista de amantes. De todos ellos había aprendido que el amor se manifiesta en múltiples formas eróticas. Pero estaba convencida que la pasión, y el erotismo solo son un vehículo hacia el amor. Pensaba en el amor como un concepto divino. En las últimas semanas venía meditando acerca que, solo la divinidad y el halo de lo sagrado, eran prueba de amor.

    La repentina pérdida de sus padres durante su infancia, su vida lejos de casa y como estudiante de materias frías y superficiales, su intención desmedida por el progreso de su empresa y su pasado pasional con personas que la veían como un exquisito trofeo, habían imposibilitado a Katrinka experimentar el placer del amor.

    Para esta noche, había decidido que su siguiente encuentro pasional, con uno de sus más fieles y ardientes amantes ocasionales, tendría que ser, por primera vez, un escenario que enmarcara su descubrimiento y alcance del amor en el más puro de los sentidos.

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    Las seis válvulas por cilindro del relámpago carmesí descansaron cuando Katrinka apagó el motor, y se internó en una pequeña casa a las orillas de Buenos Aires. Las flamas de las velas dibujaban sobre las paredes sombras deformes e intermitentes. El encuentro de ambos cuerpos fue casi instantáneo. Katrinka comenzó a sentir como su sangre recorría su cuerpo con la misma velocidad que experimentaba sobre su Ducati 996R. Cerró los ojos y levantó la cabeza. Casi automáticamente sus labios se entreabrieron, y pareció que recitaba algún verso. Katrinka había recordado el verso bíblico más erótico escrito jamás: el salmo de Salomón. 

    Permítete besarme con los besos de tus labios, porque el amor es mejor que el vino. Tu dulce fruto complace mi gusto.
    Tu mano izquierda por debajo de mi cabeza, y tu mano derecha abrazándome. Mira a la diosa que amo, mira qué bella eres.
    Tus labios son el hilo de las rosas, tus ojos son las sombras de tus dudas, como palomas mirando a través de tu vuelo.
    Y ahí abajo, tu boca, tu boca es bella. Tus senos son venados alimentándose entre ellos.
    Tu ombligo es una copa redonda, vistiendo con vino aromático tus deseos. Tu vientre es una cuna de caricias adornada con lirios.
    Permite a tus senos gozar del pecado conmigo, y a tu boca, con el mejor de los vinos. Abre tu cuerpo para mi amor.
    Mi cabeza se ha llenado con las gotas de la noche. Ven, amada mía.
    Veamos la divinidad de las flores, del aparecer de las uvas, de los granos de arroz moviéndose.

    Aún resonaba en su mente la última de esas palabras, cuando asestó un duro y certero golpe sobre la frente de su amante, y lo observó con ternura y con pasión, aunque no supo en qué orden.

    Katrinka comió a pequeños bocados, selectas partes de las entrañas de su amante, quien aún estaba conciente, y exclamaba alaridos que ella no quería diferenciar entre los de dolor y los de placer. Se ayudaba a digerirlos con largos sorbos de un Chianti de la variedad Colli Fiorentini. Eres lo que comes, recordaba Katrinka, de boca de su nutrióloga de cabecera. Comprobó que comerse al ser amado tiene un lado sublime y otro glorioso. Que cuando se trata de ir en búsqueda del amor puro y verdadero, y ya se han agotado todas las formas de entrega y posesión amorosas posibles se navega en la frontera donde ya no puede irse más adentro, donde los cuerpos han llegado a su límite, pero el alma exige más y desea llevar al ser amado hasta los resquicios propios más íntimos e inexplorados para poseerle y conservársele para siempre: la fusión perfecta para la eternidad.

    En este mundo material que poco conoce de transmutación de la materia y el espíritu, digerir por trozos al ser amado se convierte en el supremo acto de amor. De la misma forma que en el plano espiritual, comer de la carne del hijo de dios es el supremo acto de amor: "Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo...".

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    Al día siguiente, por la mañana, Katrinka volaba con destino a Yakarta. Se acariciaba los brazos conteniendo la respiración, consiguiendo aumentar la sensación de satisfacción al recordar los eventos que habían ocurrido apenas hacía unas horas. Pero sus ojos expresaban que sin embargo, sabía que no sería suficiente, y un gesto repentino en su rostro, mostró que había descubierto una nueva y perfeccionada forma de amar aún más allá que como lo había experimentado la noche anterior, y estaba ansiosa de ponerla en práctica ese mismo día, al caer la noche.


    Esta mini-historia está dedicada especialmente a todos aquellos hombres y mujeres
    que viven una intensa búsqueda del amor verdadero.

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