OY POR LA MAÑANA una nostalgia disfrazada de antojo me motivó a ir a desayunar en el puesto de tacos que frecuentaba mientras estuve en la universidad. El puesto consiste en una motocicleta con remolque. En este se encuentra la plancha donde se calienta la carne y demás chunches. Además, esta taquería móvil tiene incorporadas dos barras, una de cada lado, que le aportan un diseño como de nave espacial de película ochentera californiana de cine independiente y de bajo presupuesto.
La tripulación de esta nave consistía en dos personajes muy particulares: primeramente el taquero, quien parecía estar regido por la dificultad móvil que produce un traje de astronauta. Sus movimientos eran lentos y torpes, y además tenía problemas para tomar cosas con las manos, de manera que para hacer un solo taco se llevaba aproximadamente un minuto y medio —reloj en mano—, y en tiempos de hambre un minuto y medio es una eternidad sobre todo si pides más de uno. El segundo tripulante era un niño que se encargaba de pasar las bebidas y hacer las cobranzas, y además tenía la particularidad de estudiar muy detenida y detalladamente los estilos taqueriles de cada uno de los comenzales. Claro que uno debía aprender a ignorarlo, de lo contrario, resultaba incómodo.
Los tacos no tienen un aspecto suculento, pero ¡oh my ghost! qué buenos son. Sobre todo la salsa, no tengo idea con que chile es preparada, pero tiene la capacidad de inhundar la boca, y recorrer todo el esófago dejando a su lento paso una irritación muy particular —la cual pocos sabemos apreciar—.
Hoy recordé que antaño, mientras desayunaba justo en ese lugar y de vez en cuando tenía que torear a los tantos vehículos que pasaban a toda velocidad, elaboraba mentalmente los argumentos para responder a mis pretensiosos y esnobs detractores. ¡Cuántos egos, orgullos y autoestimas se deplomaron con esos argumentos!, ¡cuántos odios para toda la vida se cosecharon! Aaaaay ternuritas, l@s llevo en mi corazón, se los juro. ¿Qué sería del tigre sin sus rayas?
¡Qué tiempos aquellos! Hoy estando ahí, una vez más sentí sobre mí la avalancha del tiempo. Me encontré con que aquél niño que pasaba las bebidas, ahora es el mero mero taquero, y un nuevo niño llegó a preguntarme qué quería tomar.
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Pasando a otras noticias, anoche descubrí en el programa de mi Gran Maestre Jesús Silva-Herzog Márquez, a una internacionalista hasta ese momento por mí desconocida. Sus iniciales son I.T. (el nombre me lo guardo, así de egoísta soy, so what?). Me llamó mucho la atención el tono de sus reflexiones. Inmediatamente me encomendé a San Google e hice una búsqueda de sus textos y la dama me asombró aún más. Es como si fuera mi versión en mujer. En eso estaba yo leyendo un párrafo al azar de uno de sus textos, cuando regresé mi atención a la TV, y oigo que ella dice "México tiene la política exterior de una república bananera". ¡Ay I.T.!, si minutos antes había comenzado a admirarte, a partir de esa frase pasé a adorarte. Tú y yo somos uno mismo, ¡wuo-o!
Y siguiendo con esto de las frases filosas, también hoy venía manejando de oriente a poniente y me tocó luz roja en el crucero del cinco de mayo, y en la pantallota electrónica que está ahí, venía una declaración reciente de Zedillo, que decía "Estúpido quien subestime a la globalización" Palabra de dios... Aaaamén (léase con tono eclesiástico). Ah qué don Neto, siempre me ha caído rebien ese muchacho. Muy merecido tiene estar rankeado en los primeros tres economistas más fregones del globo. A veces me pregunto como dos de mis ídolos pueden ser enemigos entre sí. Me refiero al Dr. Zedillo y al Dr.Dr. CSG (sí, dos veces Dr.).
A modo de apéndice: durante una temporada en la universidad, tuve la fortuna que me diera clases un tipazazazo que a su vez fue alumno de Zedillo. Me enseñó mucho sobre economía, pero extramuros me enseñó aún más sobre las mujeres y la vida. ¡Qué cosas, ¿no?!