A TRIPULACIÓN DEL BARCO DE LA CULTURA recientemente ha tomado participación destacada en la conciencia del rescate medioambiental.
Muy lejos del protagonismo obsesivo que sufre por ejemplo, el famoso vocalista de un grupo irlandés en decadencia, o mercadotécnicos conciertos masivos celebrados simultáneamente en destacadas metrópolis de diversas latitudes del planeta, Alejandro Sánchez Navarro sí toma con honestidad el argumento de la salud de la Tierra como diana hacia la que debe apuntar la atención de la sociedad internacional. Sánchez Navarro es un joven director de orquesta que se hiciera célebre cuando fundó la Orquesta Filarmónica del Patrimonio Mundial hace siete años.
En el marco de una gira nacional, en esta, la ciudad de las bajas presiones, se presentó la mencionada filarmónica, evento al que gustosamente asistí. La cita estaba pactada a las ocho en punto de la noche, pero como es costumbre, se retrazó aproximadamente media hora. Mientras tanto, el tipo que manejó el audio hizo exposición de su jocoso y sádico sentido del humor, al entretener a la concurrencia fondeando música de banda.
Poco antes del inicio, tuve la desgracia que se acercara a mí una persona con olor desagradable y con un atuendo que demostraba un interés inexplicable y fallido por lucir más que presentable, preguntándome si el asiento vacío a mi lado estaba reservado. Por un momento dudé en responder "ese lugar lo ocupa mi derecho a respirar con tranquilidad" pero yo, que algunos de ustedes saben que tengo descompuesto el no, finalmente accedí a que arrumbara sobre el asiento su anciana humanidad. A tan corta distancia, podía apreciarse a detalle el hedor proveniente de su anacrónica persona. Era una pretenciosa mezcla entre un jabón de tocador con contenido de frutas y hierbas exóticas; un desodorante con probable fecha de expiración anterior a la última vez que México fue sede de una copa mundial de fútbol; y una mala imitación de alguna fragancia francesa de textura aceitosa, que muy posiblemente compraron en conjunto sus veinticinco bisnietos en alguna tienda de importaciones chinas ilegales, como tierno obsequio de navidad.
Ante la situación, los minutos se hacían eternos. Mis sentidos clamaban por paz y justicia, y mi mente reflexionaba ante la paradoja de la situación: estábamos en un evento proambientalista mientras que yo sufría la violencia de dos desastres ambientales: contaminación auditiva patrocinada por el sentido del humor del tipo que maneja el audio, y contaminación del aire auspiciada por mi vecina de asiento. Nunca, como en ese momento, había yo estado tan más conciente del desastre ecológico de nuestro planeta. Si dentro de las políticas de protección medioambiental se encontrara la de tolerancia cero, ambos habrían sido linchados y sus cadáveres expuestos desnudos, colgados de los tobillos ante una multitud enardecida con antorchas en las manos.
Justo cuando estaba a punto de sugerirle a mi percudida vecina que se ofreciera como voluntaria ante el gobierno de Ulises Ruiz para dispersar a manifestantes de la APPO utilizando el efecto lacrimógeno de su olor, otro especímen de la misma era geológica, desde cuatro filas más abajo, la llamó notificándole que tenía un asiento extra para ella. Casi al unísono se anunció la tercera llamada, por lo cual el ruido norteño se detuvo y dio comienzo el concierto.
Sánchez Navarro mostró una selección de sus propias sinfonías, en versiones cortas adaptándolas aproximadamente a treinta minutos cada una. Sus composiciones están dedicadas a la naturaleza. Tiene verdaderos poemas sinfónicos aludiendo montañas, ríos, mares, arrecifes y selvas. El autor posee un lenguaje firme y claro, y hace una búsqueda del ritmo y la sincerdidad. No olvida la importancia de conservar una retórica de emoción a la vez que hace parada en la textura y la seducción.
La obra con la que cerró el evento fue emotiva, es una pieza que yo le desconocía y que tuvo a bien titular La última montaña; con ella logró sorprenderme ampliamente. Nunca había visto a una filarmónica ejecutando un contrapunto donde, por un lado, los integrantes del coro vocalizaran un performance que por momentos me recordó a aquél famosísimo y electrizante interludio que se apreciara en la versión extendida del videoclip de Smooth Criminal del Rey Jackson, mientras que el resto de la orquesta hacía stomp a la vez que exprimían de sus respectivos instrumentos notas atroces y discordantes, todo esto en los primeros diez minutos de introducción de la obra, evocando a la sorpresiva magia, cargada de misticismo y exquisito horror de internarse en la selva.
En general, la ejecución de la orquesta es bastante aceptable. Sobre todo por los violines. Podría atreverme a afirmar que pocas veces había presenciado una reunión de violinistas tan virtuosos como la de esa noche. El primer violín poco tenía que presumirle al resto, lo cual me hace suponer que es posible que hayan varias tensiones internas en la orquesta por ver quién alinea como primer violín.
Sin embargo, hay un par de pecados que Sánchez Navarro tendrá qué redimir: el primero es el uso excesivo y por lo tanto innecesario de la batería. Cuando esta entraba en acción la belleza de la obra se reducía considerablemente, sobre todo porque era tocada con un estilo muy parecido al de las baterías de los grupos religiosos protestantes, por lo que en un par de ocasiones me hizo trazar mentalmente una huída rápida por las salidas de emergencia. La batería está muy bien como apoyo en pequeños fragmentos, pero ese protagonismo en la mayoría de sus obras demeritó la creatividad del autor. Y el segundo es un acto infame a cargo del trío de trompetistas. Francamente lamentable. Le restaron lustre a varios momentos importantes en cada una de las obras. Esos tres individuos tienen el mismo talento y educación que una secretaria oportunista.
De cualquier manera, los pros sacaron la noche adelante a pesar de los contras, y fue un concierto con pase directo a la galería de gratos recuerdos.