La invitación
ACE NO MUCHO por MSN me invitaron a una fiesta que fue organizada por unos locutores de radio, en donde yo no conocía a nadie —incluyendo a quien me invitó— pero el caso es que era fiesta, y como soy bien facilote aficionado a la parranda, pues ahí fui, como debe ser, sí señor.
El arribo
Llegué a la hora pactada, a la zona pactada. Localicé la pachanga e ingresé con un bonito pasito que me aprendí en Bailando por un sueño y ya adentro exclamé: ¡ya llegó el debraye! Pero ya que me habían dado mesa y estaba a punto de pedir mis correspondientes bebidas embriagantes, me di cuenta que me había metido en unos quince años y que por lo tanto yo estaba en la fiesta equivocada. Los mariachis callaron.
Chayanne y sus Tiempos de Vals sonaron. Pensé que retirarme de improvisto sería tomado como una grosería por todos los presentes, porque como que ya me comenzaban a tener cierto cariño y hasta estaban a punto de pedirme que supliera al chambelán principal, que por alguna razón no había llegado, pero se rumoraba que los nervios le causaron un extreñimiento tan terrible que el médico estaba pensando en recetarle media botella de Destop en ayunas. Así que antes de retirarme, me limité a felicitar a la quinceañera, a quien le dije que nos volveríamos a ver hasta dentro de tres años, porque eso de andar con menores de edad, ya no se me da. La última vez fue terrible. Malditas leyes.
Sin embargo, por un momento pensé reconsiderar hacer a un lado a la ley y ligarme a la púber festejada tomando el micrófono para decir ante la audiencia ¡al diablo con las instituciones! mientras le apretaba una nalga a la cumpleañera. Pero me acordé que no soy perredista, y además mi profunda convicción democrática apegada a derecho me prohibió tal infamia.
Acto seguido procedí a retirarme del recinto con el mismo pasito con el que entré, pero esta vez de reversa para darle un bonito y jacarandoso efecto rewind.
Ahora sí, el arribo
Así que salí nuevamente a la calle, y en la banqueta de enfrente localicé un módulo del DIF donde estaban dando un plato de sopa caliente y una cobija a varios indigentes que estaban ya haciendo fila. Como estaba extraviado, no me quedó de otra que acercarme a esas personas alejadas de la mano y misericordia de dios y de la vida, para preguntarles si sabían algo de la fiesta. Me dijeron que sí, ¡que la fiesta era ahí! Así que bueno, luego de enterarme que ahí no era una sucursal del DIF si no el lugar de la fiesta, y que ellos no eran homeless, sino invitados, me establecí por ahí cerca a esperar que entráramos.
Al poco rato, y varias veces, hicieron rondines elementos de la policía sectorial. Probablemente porque pensaban que esa era una reunión del CGH o el EPR conspirando contra el gobierno, o algo parecido.
Mientras esperaba, me di cuenta que en la fachada del lugar, había un letrero que rezaba Cantina Tia Lety, lo que me hizo pensar para mis adentros: woooow esta party ha de ser temática y toda la cosa, ¡esto sí es originalidad y no pedazos!
Seguía esperando y llegó la persona que me invitó con todo y su correspondiente banda y cada vez más gente se iba apilando en la entrada, hasta que finalmente accedimos a la party. Fuimos de los primeros en entrar y nos sentamos frente al macro escenario —en el cual se nota que hubieron varios millones de euros de por medio en su construcción— para disfrutar del show.
La Fauna
Ya ahí pude ver desfilar y observar a toda la gente que medio había visto afuera. Habían especímenes que probablemente hasta nombre científico tienen. Primeramente entraron cinco o seis chavillas que se sentían protagonistas de telenovela para jovencitas. Eran como Muchachitas versión infonavit, por lo tuve a bien bautizarlas como las MuyChachitas.
También ingresó un grupo de púberes que por sus fachas pretendían dar a entender que eran fanseseses del grupo Kiss, pero la verdad es que lo único que consiguieron es parecer fanseseses de los BuKiss.
Entonces la ya famosa Tía Lety, que era básicamente como La chupitos pero versión Emo, nos sirvió la primera ronda de tragos, y ahí tuve la oportunidad de compartir mesa ni más ni menos que con La Reina del Pacífico. Pero no la famosa narca, si no una famosa naca que es apodada así por que tiene una garganta tan profunda, que se toma una Pacífico en su modalidad cahuama, de tan solo un abundante y preciso trago.
El Show
Los primeros espontáneos de la noche se animaron y se pusieron a tocar. Todos los presentes cantaban las canciones. Yo no, porque jamás las había escuchado. Fue en ese momento cuando me pregunté qué diablos hacía yo en ese lugar. La gente estaba contentísima con esas canciones del tipo "mamá ¿hoy sí hay algo que comer?" y todo ese rollo.
Y aquí una bonita postal de la escena:
Ahí está. Se observa claramente la arrolladora personalidad que caracteriza a este artista y como su carisma —igual al de un tractor apagado— inunda el escenario. También podemos apreciar el trabajo de la diseñadora japonesa Lanaka Tashida, traida directamente desde Tokio, exclusivamente para confeccionar el estilo del escenario, que viene siendo una combinación entre el minimalismo y el animalismo. Una cosa bellísima.
Además se puede ver al lado del virtuoso artista, un espléndido tubo en vertical de medidas reglamentarias compuesto básicamente de titanio, el cual resultó para la diversión de chicos y grandes porque con él se pudo jugar al ¡sube Pelayo, sube! y también pudimos deleitarnos con un bonito performance teibolero a cargo de unas inmigrantes birmanas recién desembarcadas, gracias al cual nuestras palmas quedaron enrojecidas de tanto aplaudir y nalguear.
La Fauna 2: La Venganza
Antes que comenzara el siguiente artista, vi entre los invitados a la niña del aro, pero no era una niña que fuera diestra en el ula-ula. No. Era la que sale en la película El aro; ahí estaba, con todas sus greñitas pastositas escurridas en su carita anémica. Quise aprovechar su profunda experiencia en pozos —como en el que ella vive— para contratarla y que venga a la casa a lavar la cisterna y un tinaco, pero desapareció misteriosamente antes de poder darle mi tarjeta.
El Show 2: Contraataca
Fue así cuando se subió el segundo magno artista de la noche. Un tipo con un sombrero estilo pachuco pero sin pluma quien fue presentado —más falsamente que un penalty a favor del américa— como autor de muy famosas canciones. Y se puso a tocar y a cantar una que llevaba por nombre El boy scout del río Sabinal. Tía Lety y yo alzamos nuestras manos y las unimos apasionadamente mientras las movíamos de un lado a otro al mero estilo alabaré al compás de la música. Pero cuando las canciones terminaron la solté de inmediato y me apresuré a ignorarla por un momento, por temor a que ella pudiera pensar que lo nuestro era para siempre.
Al concluir su acto, el artista en curso invitó al respetable a una firma de autógrafos en el Miks Chop, que viene siendo un puesto de discos piratas ahí por la quinta avenida norte, donde su padrastro le renta un pedazo de banqueta.
La Fauna 3: El Regreso
En ese momento la luz clareó un poco más y pude percibir a un grupo de seres que me impresionaron. En primer lugar estaba una niña a la cual no le cabía un arete más en su carita; era la primer ferretería facial que había visto en mi vida, con llaves y tuercas de la medida que se ofrezca, toda una cosa esplendorosa. Luego estaba otra niña, quien era su amiguita, a la que bien podría habérsele llamado la reina del estoperol; tenía tantos fierros en su ropa que probáblemente hasta cancerígena era su presencia, y así todos de la misma especie, hacían un grupito como de seis individuos. En realidad todo el lugar —por la gente— daba la pinta como estar en una fiesta de halloween pero versión Cañitas. Yo me sentía identificado con el niño de la película El sexto sentido, y les susurré a mis vecinos de asiento: i see dead people.
La Fauna Vs El Show: La Batalla Final
El tercer artista, que en este caso era un grupo, subió al magno escenario. Fue entonces cuando noté que la Tía Lety había desaparecido de la escena y temí haber roto su corazón. Comprendí su ausencia cuando escuché que desde su traspatio provenía un ruido espantoso: estaba matando al cochi con el que seguramente prepararía la botana de la tarde siguiente: una jugosa carraca, unas costillitas doraditas, y etc. Pero me desilusioné cuando vi que el macabro ruido no era el de la botana del día siguiente, si no del grupo que se acababa de subir. No tomé foto de esto debido al shock en el que me encontraba.
Cuando la catástrofe canción se detuvo, me levanté de mi asiento y aplaudí vigorozamente el desastre arte del grupo, para que no se diga que no soy tolerante ante las diversas formas de expresión de la juventú. Pero de pronto vi que varios de los presentes me lanzaron una mirada de rottweiler con moquillo y comenzaron a desenfundar sus machetes tipo atenco, y entendí que la canción aún no había terminado, por lo que procedí a sentarme nuevamente.
Salida de emergencia
La agonía canción continuó, y de pronto mucha gente comenzó a levantarse de sus asientos y a recurrir a la salida, incluyendo la gente que me invitó y entre ellos yo.
En segundos nos encontramos afuera la mayoría de los invitados, todos haciendo comentarios sobre cómo el cochi-grupo le partió la madre a la noche y haciendo planes para completar la velada que aún estaba en su esplendor.
Después de tremendo susto con esa música, decidí que esa noche no iba a dormir porque tendría pesadillas, así que pregunté a dónde iríamos. Al momento de hacer la pregunta temí la respuesta. Por todo lo que había visto, mi temor era fundado, estaba casi seguro de la contestación que me darían y que de hecho me dieron: "a donde siempre, al Piñas".
"Piñas" es como de cariño le dicen sus asiduos asistentes a un antro llamado Piñas n' Charlie's. Para los que no lo conozcan, este lugar es como el Señor Frogs de Cancún, pero versión Laura en América y de corte anárquico/antillano en donde converge la bonita juventud tuxtleca de barrios populares y colonias de interés social, que básicamente ignora los parámetros fundamentales de la música que ahí se promueve, exceptuando el consumo de sustancias ilícitas.
Sabía que oponer resistencia sería inútil, así que nos embarcamos rumbo al Piñas, pero no sin antes voltear hacia atrás y pensar en la Tía Lety, de quien no me despedí. Sin embargo pensé "es mejor así..., un día comprenderás que lo hice por tu bien, que todo fue por ti."
Continuando la noche
Llegamos al Piñas y lo primero que dije fue ¡vírgen santa, qué cola! Y no porque había mucha gente afuera del antro, sino porque en la entrada había una gatúbela de bastante buena nalga, toda apretadita ella. Era evidente que diario la mandan por las tortillas (porque diario hace cola. Sí comprenden, ¿no?). Cuando de pronto me distrajo un poco un tipo que llegó al antro manejando su viejísimo microbús elegante carro y su amiguito en su tsuru azul chiclamino, claxoneando irresponsablemente.
Entramos rápidamente, y de pronto sentí la necesidad de llamarle a Carlos Trejo, porque así a la vista había puro fenómeno paranormal. Pero no, no me refiero a los clientes, esos son aparte. Me refiero a los ejemplares —elementos— de seguridad quienes por su mirada de loro muerto me crearon muchas dudas, por las cuales procedí a entrevistarlos. Me comentaron que cada noche, antes de abrir el antro y dejar pasar a la gente, ellos se reunen en una especie de misa negra donde proceden a consumir un coctel que consiste básicamente en anabólicos, esteroides, tachas, sangre felina y galleta de animalito —todo esto disuelto en un nutritivo tepache de tuna— con el fin de despertar en ellos su instintos primarios para que en caso que alguien pretenda colarse —de acuerdo al manual de procedimientos de seguridad— se le mata y luego se le viola. En ese orden.
La separación
Antes de entrar, nuestro grupo se dividió. A los hombres nos enviaron al primer piso, y las mujeres quedaron en la planta baja. Yo me emocioné porque pensé que era para hacer el performance de la canción de Chico-Che que dice los nenes con los nenes, las nenas con las nenas, y ya me estaba ambientando para bailar aquella bonita canción de Quién pompó y De quén chón y todas esas canciones tan maravillosas.
Pero mi jococidad tropical se desvaneció cuando me explicaron que la separación por género de nuestro grupo, responde a una alegre mecánica que consiste básicamente en hacer que las mujeres —al venderles todo tipo de bebidas alcohólicas adulteradas por tan solo un pesito— se embriaguen, y con el paso de los tragos y del tiempo, en esa soledad de la planta baja, sientan sed de rigor de hombre y adquieran lo que científicamente se denomina como calidad de hembra en celo, para que posteriormente —cuando la mecánica termina— los machos dominantes desciendan y escojan a su correspondiente hembra en celo con un ejercicio que consiste principalmente en el olfateamiento mútuo de sus partes. Habiendo hecho ya la selección, el macho dominante pasa a ejecutar lo que viene siendo el ritual del cortejo, que consiste básicamente en unos arrimones y pellizcos gentiles al ritmo del reggaetón, y posteriormente ambos ejemplares abandonen el recinto para proceder con el apareamiento y de esta forma la hembra en celo entregue su flor al macho dominante. Una cosa sublime.
La versión soft de todo lo anterior se resume en aquella frase que tan sabiamente dijera El gato con botas en Shrek 3: "cuando un abejito ama a una abejita, le regala su semillita".
Tal mecánica se planeó y desarrolló con el fin de la preservación de la especie promovido por un convenio en conjunto entre el Piñas n' Charlie's y Green Peace patrocinado por National Geographic, el cual fue signado ante notario público quien tuvo a bien dar fe y legalidad a tal evento.
Una vez terminada la mecánica y reunidos nuevamente procedimos a continuar con la velada nocturna de la noche.
A dos de tres chelas, sin límite de tiempo
Así que todos, levantando la chela por todo lo alto, nos disponíamos a brindar, cuando de pronto, apareció en escenario el ejemplo de justicia, el
paladín de la democracia, azote del mapachismo, caudillo del sufragio, héroe de la urna, némesis del fraude, ¡sí! ni mas ni menos, ni menos que más que ¡el gran Camaleón de Oro!
Indudablemente no podía dejar pasar esta oportunidad para decirle que yo soy su fanseseses y lo invité a bajar del escenario para brindar bonitamente con él. Aceptó gustoso y descendió con un mortal al frente entre segunda y tercera cuerdas; y luego de chocar nuestras botellas e intercambiar puntos de vista sobre la democratización del Medio Oriente, me enseñó a realizar con arte y gracia La camaleonina —que es por mucho, mejor que la mística— y ya finalmente nos despedimos cuando le prometí que en cuanto pasaran las elecciones locales, renovaré mi credencial de elector porque está muy viejita, ya que la saqué cuando aún era un joven lleno de ilusiones.
Levanta la mano si tú estás gozando
Ya que se había ido a llevar su mensaje de paz, y libre mercado a otro lado, una jovenzuela me mauyó dijo que si le permitía pasar, y yo le dije, y yo le dije, hacia abajo, hacia abajo, para arriba, para arriba, para un lado, para el otro, enseñame que tú sabes meneal-lo, muéveloo muéveloo —que sabrosa— muéveloo muéveloo muéveloo mami y ahora tienes que parar. Y paró, y se fue muy contenta toda ella a su cajita de arena.
Y como yo ya estaba prendido, se me ocurrió ejecutar el bonito baile en jaula tan acostumbrado en los antros de primer mundo, y además quería bailarlo en trusa y bañado en cerveza. Pero me di cuenta que las instalaciones de este antro campesino no eran adecuadas y ni modo.
La Fauna 4: El Octavo Pasajero
Sin embargo lo que sí permiten las instalaciones y promueven las personas en cabina, micrófono en mano, es que se trepen a bailar al escenario las jóvenas que así lo dispongan y ya al calor del baile, muchas de ellas terminan quitándose sus ropitas subsidiadas por milano y hecali, y hasta se llegan a bajar sus calzoncitos mostrando la cicatriz de sus cesáreas mal zurcidas en punto de cruz y rematadas en nudo marino.
También pude ver por ahí, al parecer venida desde el más allá a Selena en su versión Tláhuac y debido a su alcoholismo y afición a las chelas en que ha caído debido a la depresión por su muerte, ahora es llamada Chelina. De la misma forma, por ahí se paseaba alguien que pretendía ser Belinda versión Apocalypto, por lo que durante la noche fue conocida como Belindia. Todas ellas grandes personajes ya, queridos por todos.
El Reencuentro de Flans
Tiempo después, ya para cuando todos andabamos en estado inconveniente y bajo el efecto de sustancias ilícitas al mero estilo Hilton-Spears-Lohan-Campuza
no, se subió a tocar, un grupo que —dijeron—se presentaba por primera vez en el lugar. Este grupo venía siendo algo así como Flans versión emo-glam de bastante buen ver y mejor sentir, que por ratos hasta parecían aquellas famosas mujeres vampiro del Santo.
Como una de ellas, en su faldita tenía diseñitos de calaverita, como el que yo tengo en mis plaquitas, se lo enseñé y elocuentemente le dije que ella y yo eramos uno mismo ¡u-o-u-u-o!. Por lo que al terminar la canción, se acercó y me dio una tarjeta con el número de habitación donde se estaba hospedando en La isla, donde —dice— tiene membresía que la hace acreedora a espectaculares cortesías y coquetas promociones.
Pero claro ¿quién en su sano juicio se iba a negar a tal invitación? Lo malo es que yo ya no estaba en mi sano juicio, de manera que cuando el antro estaba por cerrar sus puertas y todos comenzamos a salir, se podía ver el cielo como queriendo amanecer, por lo que decidí regresar sano y salvo al Búnker, antes de que la policía me hiciera preguntas inoportunas.
Di end
Fue así como llegué hasta mi camita, y ya a punto de dormir y descansar para cerrar la maratónica noche, dediqué mi último pensamiento conciente a reflexionar en la difícil noche que habrá pasado la Tía Lety al tenerme, y después perderme.